Moataz

Hace un par de semanas conocí a Moataz. Fue en la parada de autobús de Weidenau. Ambos veníamos de comprar. Él estaba viendo vídeos en su móvil y riéndose a carcajadas con un par de amigos. Cada uno estábamos matando el tiempo a nuestra manera. Se podría ilustrar como una sencilla escala de entretenimiento: Yo me entretenía obsevando cómo él y sus amigos se entretenían a su vez con unos vídeos que miraba desde el móvil. Una cadena simple pero agradecida, tan agradecida como la foto que les hice minutos después. En ésta se reflejaba conceptos tan básicos como la felicidad de unos jóvenes que han conseguido “la menos dura de las opciones”: llegar a Europa y llegar a Alemania. Sonríentes y abrazados como si fuera un equipo de fútbol y con los pulgares hacía arriba. Así se quedó la foto que les hice. El fondo: una simple y parada de autobús de la estación de Siegen-Weidenau.

Empezar una nueva vida desde cero, dejándolo todo detrás. Construir todo poco a poco con el peso de la vida de antes no debe ser tarea fácil. Moataz era el único que hablaba un poco de inglés, así que pudo explicarme aunque fuera la punta del iceberg de su historia cómo había llegado hasta aquí. Un chico de 19 años, atlético y con una sonrisa permanente en su rostro. Durante la conversación se volvía a sus amigos e intercambiaba algunas palabras en árabe pero de nuevo seguía conmigo y se dirigía con respeto, no con una pretensión más allá de la de responderme a lo que le preguntaba.

 

Me enseñó fotos de Siria, el antes de la guerra. En ellas se podían ver puentes preciosos, con unos paisajes bellos y un verde sospechoso que le miré sonriendo y le dije si las había retocado. Me sonrío con picardía y me respondió: “Just a little bit”.

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Luego me enseñó unas ruinas, y me dijo irónicamente: “My school is really modern. Look!: This was my school one week before I left”.  Le pregunté si se pudo marchar con toda su familia y asintió. Sin embargo, a medida que hablábamos le pregunté por su padre. Su padre le mataron. No le mató el Estado Islámico, sino el gobierno de Al-Asad.  Seguía sonriendo pero con menos simpatía, era una sonrisa respetuosa y cordial. La había visto antes, pero no era muy corriente. Era un tipo de sonrisa elegante que recuerda dónde está el sitio de cada uno.

Nos subimos al autobus. Se sentó al lado mía. Se acomodó y se sacó algo de su mochila, primero se lo enseñó a sus amigos que iban sentados detrás de él y luego a mí. Se podía ver que eran un montón de papeles envueltos en celofán herméticamente. Me dijo: “There are my marks”. Me explicó que no quería que se mojaran en el camino, y que se pasó bastante tiempo hasta conseguir que no hubiese ningún agujero que permitiese al agua colarse.  Me repitió varias veces la misma broma “From where should I start”  y luego decía: ¡From here or from here!. Estaba bastante orgulloso de lo bien que lo había envuelto y haber conseguido que el agua no acabaran por estropear sus notas que no había por dónde coger el celofan para empezar a desenvolverlo.

Llegamos a nuestra parada. Vivimos en el mismo sitio. Sólo que yo tengo una habitación para mi sola y él la comparte con otras ocho familias. No duerme por las noches, a veces le veo por mi ventana tonteando con los cigarros sin apartar la vista del móvil. Me escribe de vez en cuando por el whatsapp y cambia su estado cada día, uno de ellos fue en inglés y se leía: “Dad, I miss you, why did you leave me?”.

 

 

 

 

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El silencio anhelado

“No superes al resto, sino, súperate a ti mismo”. ¿Pensamos por nosotros o para nosotros? Es muy fácil amar y dar esperando ser correspondidos, pero es triste acostumbrarse a este intercambio y darlo por sentado que esto siempre sucederá.

Yo te escribía todos los días, a la única persona que de verdad escribía. Ya no estás, desapareciste y me despierto cada mañana pensando en tí, nada en particular, simplemente, pensando en tí. A veces, duele y mucho, como hoy:

Esta mañana abría los ojos con la esperanza de levantarme en todos los sentidos, levantarme y saber que la realidad con la que me encontraba era mi habitación, era un día de lluvía y era un seminario que debía asistir con el fin de abordar el tema de mi tesis. Sin embargo, eso no ocurrió. Seguían siendo temas secundarios y terciarios cuando te pensaba, me preguntaba cómo podías hacerlo, cómo te despegaste de mí de esa manera, pensaba sin pensar. Al final, me rehacía en mi propio sufrimiento sin llegar a pensar con claridad.

Ese ruido me acompaña desde hace muchos meses, pero ha ido tomando conciencia desde la última vez que te ví. Sigo esperando que algo sucederá, que tomarás tu el paso de al menos hablarme, de al menos dar una señal y que salga por iniciativa propia. Me vuelto paranóica llevándote a todos lados, al supermecado, recordándo cómo debía colocar las botellas en la cinta para que no se cayeran o para no molestar a los otros clientes, te llevo a las fiestas, pensando que esa música a ti tampoco te gustaría, imaginándote con una cerveza en la mano hablando con una chica mona y luego acabar con ella en la cama. Te llevo cuando voy al gimnasio y veo a todas acostadas haciendo estiramientos, corriendo,haciendo abdominales, con sus deportivas con colores estridentes, con sus camisetas publicitando alguna marca deportiva. Todas ellas pueden ser las mismas a las que entrenas en hockey. Me duele pensar que les gustas, que han descubierto lo que tienes… y no me libero de esos pensamientos.

Es cierto, hay días, en los que nada me importas y veo que tú sigues siendo un chico normal, con momentos y frases especiales, como todos, como todas las parejas fueron en su momento. Sólo me pregunto, ¿cómo has podido superar ese umbral que separa el ser dos personas a ser completamente uno mismo? Quiero liberarme de la propia prisión que me he creado, que no deja espacio a la felicidad, y éste mismo no deja el “silencio merecido” y como resultado no hay espacio para la paz. Sigo creyendo que tenemos un contrato, y me resisto en romperlo o simplemente hacer que desaparezca y quizás ese contrato ni si quiera exisitó. Sigo pensando en que quizás todo lo que vivimos fue un sueño o algo creado por mi imaginación. Sin duda, tu existes, sin duda, yo existo, pero ¿existió algún día “ese contrato de amor” tal como yo creía en ello? Quiero liberarme y dudo si algún día podré ser libre de mi misma. Te fuiste. No estás. Me miro al espejo y veo como mi cuerpo se transforma, tengo miedo, me hago mayor o eso creo. Me hago mayor para los estánderes que yo misma he querido imponerme. Si no me quiere alguien ahora, difícilmente cuando sea mayor. ¡Qué locura! ¡Qué simple estoy llegando a ser!. Me avergüenzo de lo que soy, y entonces pienso: Súperate a ti misma. Es tu oportunidad.

Hazlo ahora. Sin embargo, detrás de mi, me persigue mi propia sombra de desprecios, me persigues tú, como si tu fueras la causa de mi infelicidad y nada tienes que ver. ¡Qué irónica puede ser la vida!. Recuerdo los momentos de felicidad son los que todas estas palabras que estoy escribiendo resultan banales, propias de no ser leidas, de no ser pensadas, de no ser si quiera apreciadas. Pero aquí sigo sumida en una desgracia, que dentro de mí, sé que no tengo, una desgracia de no saber luchar, de no saber escucharme, de no ser capaz de escapar y ser libre de mi misma. Sin embargo, pienso que te quiero, simplemente necesito que alguien lo haga, quiero quererte para que tu me quieras, porque la principial persona que debe hacerlo no sabe cómo… no sé cómo quererme. Dar porque dí por sentado en recibir. Volvamos al principio: “Es muy fácil amar y dar esperando ser correspondidos, pero es triste acostumbrarse a este intercambio y darlo por sentado que esto siempre sucederá”

Este es el precio del egoísmo y de la eterna adolescencia, esto es lo que cuesta el vivir ensimismados en nosotros. Ahora, respiraré profundamente y jugaré a engañar mi mente, todavía no sé cómo vivir, todavía no sé que sentido tiene mi existencia por el hecho simple de existir.Sin embargo, sé que está ahí. Es una verdad tan pura como siento la certeza de alcanzar la felicidad de encontrarme a mi misma.

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Bella y su sonrisa

Me bajé del autobús. No pasaban más de las 6 de la tarde pero la noche ya se había apoderado de lo que quedaba de aquel frío lunes de invierno. Estaba lloviendo a cántaros y mis pies húmedos avanzaban solos por la cuesta que me dirigía a casa. Cuando, de pronto, aquella familia me frenó. Contaba 8 personas: 7 niños y un adulto. El hombre me miró y me sonrió. Caí entonces en la cuenta. Eran ellos otra vez, pero…¿aún seguían en Siegen? ¿Cómo era posible? Los niños me miraron con respeto a la vez que ingenuamente. La sonrisa se les enterneció aún más al yo tocarle el pelo a Bella, la niña con una de las miradas más dulces que jamás he podido ver.

No podría olvidarme de su cara, aunque quisiera. Era ella, con la que estuve jugando un día cualquiera en una habitación instalada con juegos para niños, a la que nosotros los voluntarios, lo conocemos como Kinderbetreuung. Eran ellos, sin duda. Tampoco mentiría, que me pregunté varias veces por ellos y su paradero. La última vez que les ví, era un domingo soleado y volvían todos de la ciudad, y me contaban sorprendidos que no había nadie en la calle y que las tiendas estaban cerradas.Sonreí para mis adentros pensando que era lógico.Estamos en Alemania. Sin embargo, su comentario volvió a recordarme el dónde estaba, la razón por la que estaba ahí.

Los niños jugaban en la misma cuesta, en la que ahora estábamos parados muertos de frío y sin la madre y sin el bebé. Alegramente, la mujer me contaba como una amiga suya venezolana le enseñó un poco de español. Aunque, eso no explica el porqué de su italiano o el porqué de los nombres de sus hijos. Bella, Salvatore, Rosa, Diego, Franzesca…

El padre, en medio italiano medio español, me soltó de pronto: ¡llueve mucho! Me fijé en todos ellos, no llevaban apenas abrigo y sus chanclas con los pies desnudos estaban completamente calados. De golpe sentí una tremenda vergüenza por haberme quejado de haber tenido la torpeza de haber pisado un charco al salir del trabajo y haber llevado los pies húmedos durante el trayecto que dura desde Neunkirchen hasta aquella montaña dónde está la residencia de estudiantes. Ahora, me encontraba delante de una familia que huía por las razones que fuera de Bosnia y por otros motivos que desconocía aún más, podíamos comunicarnos, a duras penas, es cierto; pero algo más de lo que podía normalmente con los niños que vienen de Siria, Afganistán, Irán o Irak.

Al fin y al cabo: Yo tenía una casa, y una ducha por la que caía agua caliente tan pronto como a mi se me antojara. Durante unos instantes recordé lo que estuve planeando antes de toparme con la familia Osmanovik: “Después de la ducha placentera que me iba a dar, cenaría algo y me iría a mi habitación a relajarme en el sofá mientras leería artículos sobre Hanna Arendt y su filosofía política”. Me ruboricé al ver que seguíamos ahí en medio de la cuesta y yo sumida en mis adentros,  sin saber muy bien cual sería mi siguiente frase. El padre fue el que rompió el silencio. Diego sigue en el Hospital. ¿Diego? respondí, y juntó los brazos como si estuviera acunando a un bebé. Me quedé muda de nuevo. Insití: ¿qué le ha pasado?. Tiene fiebre, muy alta, 42 grados, lleva 10 días en el Hospital. ¿Y su madre? pregunté desconcertada; su madre está con él, me respondió enseguida.  A duras penas, podría mantener una conversación con él, ya que su italiano-español no eran tan claro como el de su mujer. Sin embargo, fue más que suficiente para comprender el sufrimiento que estaba pasando aquella familia, y a pesar de todo, la ingenuidad de los niños siempre estaba presente para regalar una sonrisa. Siempre dispuestos a jugar algún juego improvisado. Iban hacer dos meses en el campo de refugiados de Siegen y día tras días se preguntaban cuando se iban a trasladar a otro sitio. Así es el día de estas personas que luchan por el sueño de tener una vida digna y mientras ésta se hace esperar intentan sobrevivir, por sus hijos quizás, por ellos también, pero, sin dudar, luchan por conseguirlo. Desaparecieron todos ellos en las sombras de la noche, eran ocho, pero si cerrabas los ojos no veías a nadie, todos en silencio, aguantando la lluvia andaban empapados por una lluvia nada agradecida.

Melodía del pasado, ruido del presente

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Un día jugaste a quererme. Fueron cuatro años, sólo cuatro que se metieron en los rincones de mi ser, recónditos lugares que yo desconocía que podría llegar a tener.

Mira ahora, vienen los peros, pero ¿por qué?, ¿por qué se acabó esta historia? Sin más, cómo si nunca hubiese pasado, como un mal sueño alterado. ¡Quizás es el mejor de los sueños saber que mi  vida, soy yo! Me digo.

¡Sí, sí porqué vivir tu vida, cuando tú la vendiste, tú me vendiste! ¿Por qué me pusiste un valor que no tengo? No soy el valor que me has dado. No soy la única, no soy tu única cuándo pensaba que mis abrazos y mis labios eran la extensión de mi alma, y que éstas conectaban directamente a tu corazón. Eso pensaba, en eso creía, eso me hacía sonreír puramente, eso me hacía acostarme cada noche y levantarme de repente. Cada noche pensando que al menos tú existes en este mundo, y que nuestros caminos son los mismos. No lo son, y si algún día lo fueron, fueron imágenes de una realidad ficticia, como los besos últimos que me diste, hostil como fue cuando me tomaste, y me hiciste gritar de placer aun sabiendo que iba a ser el último suspiro que iba a compartir contigo.

Tu sonrisa satisfecha, tu arrogancia y tu seguridad, no eran ya a consecuencia de mi existencia, del amor dolido que aún era capaz de perdonar y de luchar. Una lucha en vano, que se esfumó cuando me cogiste de la mano, y me respondiste que tú ya habías engañado a esta historia, hacia tiempo, sólo que ni la historia sabía de tal engaño. Esa historia solíamos llamar amor, amor invencible, amor sin barreras, amor, sólo amor. Eras mi amor.

¿Qué sentido tiene todo esto, cuando no te veo sabiendo que no te voy a volver a ver? Aunque te vea por casualidad, no podré verte nunca más. Veré a un desconocido que solía ser alguien especial y que se ha quedado con los patrones de relación conmigo…y sin mí! Este fue el último regalo que diste a regañadientes, y sin precedentes.

¡Estamos en nuestro mundo! ¡hablamos otro idioma! ¡no estamos en la realidad! ¡¡Despierta!! Decías. ¡me avergüenzo! pensabas. Dime ¿Qué se siente al estar en la realidad que anhelabas? ¿te sientes más vivo? ¿volviste a ser la persona que dejaste de ser conmigo? ¿Quién eras, por cierto? Poco me diste de esa vida, y de eso me he quedado intentando imaginarte en tu contexto,  que solo cabe en este texto, dónde los actores no tienen rostro, si no desnudos integrales que van danzando alrededor tuyo y de vez en cuando satisfaciendo tus placeres más primitivos, y llenos de esperanza sin llegar a ser correspondidos.

Tienes prisa, tienes otras cosas en la cabeza…pero ¿sabes? Sigo contigo, aún no me he ido, y tu deseas como cambiar de escenario lo más rápido posible. Me pides que me duerma, que me duerma después de saber que duermo a tu lado. Que es la última noche.  Me pides que no me mueva, que mañana tienes un día largo. Suena de nuevo tu voz, ponte en tu posición favorita, dices… sólo quieres que me aleje más de ti, pienso. No hay favoritos, cuando yo he dejado de serlo para ti.

Un día jugaste a quererme. Me escribiste,  durante estos ocho meses, prometiendo algo, prometiendome el cielo que ya hacía tiempo perdiste. Fueron cuatro años, sólo cuatro años que consiguieron saber que la pureza y la eternidad sólo existen en los poetas o en mi cabeza.

Jugaste a quererme y ahora no hay juego que valga, no hay juego si quiera. Se desvaneció tan pronto como apareciste. ¿Cómo lo haces? ¿cómo lo hiciste? Pero no me malinterpretes, no vivas en la culpa, aunque dudo, que para tí, que sea así tal la pena. De eso se trataba ¿verdad? De eximirte de toda culpa.

Culpable de acercarme a ti, de acercarme a tu idioma, de acércame a los que son como tú, de acercarme…pero ahora no sólo estoy cerca, estoy ahí, estoy aquí con ellos. Hablan con tono precavido, con miedo a molestar, sonrien esperando algo a cambio, visten sin querer y a la vez ser vistos, no se atreven a mirar a los ojos, mucho menos a mirar con el alma y no tienen paciencia si no se trata de un trabajo, que es justo lo que fue, un trabajo para ti. Vivo con ellos, cuando un día quise acercarme de tu mano, pero nunca vi esa mano, ni si quiera la rocé. Esa mano, si no, me rajó la ilusión, en dos. Ahí sí que la noté, la noté y aún la noto, y ésta se esconde de una manera magistral, para que nadie nunca más lo vuelva a dañar.

Fueron cuatro años, cuatro años que llegué a sentir lo que significa el egoísmo ingenuo, de saber que tengo un premio y que, qué pena que el resto no lo tenga ¡qué ocurrencias!.. En fin, fueron cuatro. Fueron. Y… se esfumaron, reemplazados por lo que es ahora, este presente. Este presente tan incierto como real. Fueron cuatro. Sólo eso.

Pasen y vean….

 

-Hola, ¿Es el 32b? Pregunté a la nada.

Me encontraba enfrente de un pasillo oscuro dónde no se divisaba el fin. Era estrecho, y aún así estaba repleto de cosas: Una lavadora rota, una bici, multitud de cajas llenas de cosas y en el techo suspendía varias cuerdas que hacían de tenderete.

Decidí adentrarme en esa jungla de ropa colgada y a cada paso que hacía me sorprendía más de lo que podía soportar aquel pasillo: una guitarra, un contenedor de basura, señales de tráfico, piezas de una batería…Después de haber esquivado todos aquellos obstáculos, llegué a una habitación con la puerta cerrada. Toqué. No obtuve respuesta. Toqué otra vez y está vez más fuerte. Entonces me abrió un chico larguirucho, con rasgos nórdicos, y sonriente. En la mano llevaba una cerveza, y con la otra me invitó a que pasara.

No me dio tiempo a preguntar si en realidad estaba en el lugar correcto. Supuse que sí. De todas formas ya era tarde, me había sentado entre las diez personas desconocidas. Nos sonreíamos nerviosos. Era el momento en el que todos estábamos experimentando un juicio rápido. Valorando a las personas y sirviéndonos de la intuición para ello.

Durante esos minutos una chica embutida en un vestido estampado que dejaba entrever su figura gruesa nos explicaba en que consistían aquella quedada. La medio rusa medio holandesa estaba sentada de tal manera que sus 20 centímetros de tacón reposaban en el sillón. Explicó que faltaba un chico pero que ya íbamos a empezar, que se estaba haciendo tarde.

La chica se presentó como Gunta,  recitó las “normas” de aquel encuentro,  y razonó por qué hablaríamos en Inglés, el motivo, claro está,  era yo. La única no holandesa parlante.

-¡Bueno pues empecemos ya que se nos va hacer las tantas! Dijo energética.

–A ver… ¡por tí! Sí, el de la gorra verde. Preséntate.

El chico elegido aparentaba unos 19 años, y una gran confianza en sí mismo. Con un inglés perfecto soltó un recital precioso: Le encantaba cocinar, tocaba el piano desde la infancia, le gustaba, por supuesto, la música, pero sobre todo el rap. Era su segundo año en Ingeniería Aeroespacial.

Todo bien, aunque dijo que tenía una televisión y ya está. No dijo nada más. Simplemente que la tenía. No lo entendí, pero al parecer a la rubia exuberante sí que le gustó y además,  anotó ese comentario.

-Gracias y sigamos, concluyó Gunta

El siguiente era “el chico de negro”. Iba de negro. No había otro tono de color en él, a excepción de su piel. La uñas las tenía tan mordidas que sus manos no parecían manos, eran muñones.

Hablaba más al suelo que al grupo. Empezó diciendo que su inglés no era bueno y que se sentía más cómodo hablando holandés, así que lo iba a explicar todo en holandés. Pensé que, o ese hombre se había estudiado esa frase en su casa de memoria o que nos estaba engañando, que no hablaba tan mal inglés como decía, pero bueno ¿qué iba a decir yo?. Así que mientras hablaba me imaginaba como a más de una ya nos hubiera gustado decir tal frase con ese acento, y además decir que bueno, no lo dominamos tanto, dejando en entredicho, que ¡ojo! cuando dominamos un idioma.

Me llamó la atención como el chico retorcía los dedos de las manos cada vez que no le salía una palabra. Su voz era la única que rompía el silencio de aquel salón. Todos le miraban, pero cuando se encontraba atrapado en no saber que más decir, el grupo se limitaba a castigarle con los ojos clavados en él y a esperar a que saliera él solito de su timidez y nerviosismo. Finalmente, el amigo de Gunta, que era un paquete de tabaco andante intervino y le agradeció su presentación, y el microondas que había nombrado.

“El chico de negro” respiró y yo me sentí más aliviada de que se hubiera acabado aquella  tortura, parecía más una declaración ante un juez que una simple presentación.

Así iban pasando uno por uno: Que si la chica amante de los animales y tono apaciguado, por el aquél amante de la música electrónica, por la mujer que cortó sus estudios al tener a su hijo y haber sufrido un matrimonio complicado. Explicaba que había decidido volver atrás y acabar lo que dejó sin terminar. Se había vuelto a matricular de Ingeniería Hidráulica y ahí estaba ella, diez años más tarde, buscando una oportunidad en esa casa. Ella tenía una aspiradora.

Jimmy llegó media hora tarde, y me acuerdo de su nombre porque lo dijo bien alto y claro. Tenía desparpajo y era el único que dio un poco de naturalidad y alegría a la habitación. Jimmy llegó justo a tiempo para la segunda fase en la que consistía en beber algo de alcohol para hablar con cada uno de los miembros de la casa más y deshinibirse un poco más al tener una copa en la mano, al menos eso es lo que ellos dijeron.

¿Una segunda fase?, ¿anotar cada electrodoméstico que podrías ofrecer a la casa? ¿presentaciones grupales? Eso parecía más un casting para Gran Hermano que un simple alquiler de habitación . A esto los holandeses lo conocen como Instemming. Palabra de la que nunca olvidaré ya que de esta he tenido que depender para encontrar un lugar dónde poder vivir.

Y al que se pregunte como acabó aquel encuentro, no puedo decirlo. No fui la elegida, ni tampoco Jimmy, ni el “hombre de negro”. El instemming no nos eligió.

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Hoy es 21 de mayo del 2013. Noche lluviosa. De fondo el ruido de una serie rumana, y como mesa la parte que sobre sale de mi ventana, que de vez en cuando un gato asoma su cabecita para visitarme. Supongo que la antigua inquilina le daba de comer porque insiste en esperar aún con la ventana cerrada.

Bueno, ¿y qué tiene de especial este día?. Pues nada en especial. Ni es mi cumpleaños, ni he ganado la lotería. Únicamente he empezado a escribir lo que tenía guardado en el trastero de mis memorias que he ido acumulando hasta que esta noche no podía más (me refiero al trastero) no había más sitio, y eso que dicen que el saber no ocupa lugar, pero creo que sí ocupa si tienes unas ganas inmesas de expresarlo. Como dice mi amiga Raquel ” si no lo cuentas es como si nunca hubiera pasado”. Así cómo sí ha pasado, y siguen pasando no quiero que se acumule de polvo hasta que pierda el sentido de lo que verdaderamente es. Ahí voy:

Tengo 24 años y desde los 16 que me castigo a mí misma por no escribir, por tener la necesidad y no hacerlo; y por pensar que siempre soy menos joven para continuar haciéndolo. Por empezar mil y un relatos y nunca acabarlos. Por tener esa caja repleta de excusas de todos los colores, razonables, fantasiosas, inventadas, malas, buenas… siempre tengo excusas para no hacerlo…para no escribir. Entonces ¿qué razón tiene mi vida? Quiero decir, ¿por qué estudié Periodismo?, o una pregunta un poco más directa, ¿Por qué nunca he contemplado mi vida más que en eso, en periodismo?, ¿Nunca de otra manera? ¿Qué idea tenía yo desde que era pequeña sobre esta profesión? Más que profesión… no la veía como tal. Me imaginaba tener una libertad de contar en palabras impregnadas en un papel mi forma de ver la vida en diferentes ámbitos, y gran parte de mi forma de ver la vida es por la formación que he llegado a tener en un país que siempre he creído que lo conozco. Sin embargo, no es así.

Esta es la consecuencia de lo que soy: de una educación en la que gran parte de mi entorno ha criticado, en el que yo he sido participe como la enseñanza se desmitificó, y lo que producía era aburrimiento. Dónde me recreaba historias y sueños en mi cabeza las horas muertas en clases dónde nada se enseñaba, dónde nada se aprendía.

Confiaba y daba más crédito a lo que me decía el peluquero, el dueño de un bar, o el albañil que venía a casa arreglar cualquier cosa que lo que el profesor que repetía y repetía día tras día lo mismo. Dónde los exámenes no valoraban más que la memoria y el ímpetu que se había puesto los días antes en memorizar y vomitar. ¿Qué? Lo que sea: Historia, Cultura Clásica, Geografía, sea lo que sea siempre se encontraba algún motivo para memorizar temas. Me preguntaba ¿Eso es aprender?

Otras tantas que ocupaban horas en cursos que iban pasando con el tiempo, unos lo repetían otro lo pasaba, pero en general, en la vida no pasaba realmente nada. Todo parecía que se sabía sin en fondo llegar a saber nada. Me enfermaba esa actitud tanto mía cuando lo adoptaba como la gente que me rodeaba. Sin embargo, sí que estaba ese constante ruidito incómodo en mis oídos diariamente, ese pitido de rechazo, angustia, alegría, orgullo… quería mostrarle al mundo que es lo que vivía. Sentía la curiosidad de que si chinos, americanos, rusos…estaban viviendo lo mismo que yo. De una locura infernal de llamar algo por un nombre que no es, por llevar un contenido vacío, por pasarse por alto lo más importante de la enseñanza: Reflexionar. ¡Quería contar al mundo que me pasaba eso y a la gente que me rodeaba!, ¡quería saber si estaba tan dormida, tan ciega, que quizás soñaba o no veía las cosas como eran! ¡qué si fuera así, agradecería que alguien me diera un pellizco y me despertara!…¿Cómo se puede estar en un sitio a propósito de algo y la mayoría de las veces no obtenerlo?

No por esto quiero mostrar un debate a la educación, porque ahora estoy en el proceso de experimentar y aprender de la frase “si quieres aprender algo, edúcate a ti misma”. Pero supongo que he empezado por cualquier principio, o al menos un principio que todavía me castiga diariamente: el no saber nada.

Rafa dice que después del 1 va el 2. Y la verdad que tiene razón en muchas situaciones. Hablaré más tarde de Rafa, ahora simplemente voy a empezar por el 1:

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